Jamás me pude imaginar que un científico pudiera darme las claves para iniciar mi emprendimiento. Por alguna extraña razón, la sociedad actual del disparate ha considerado que tanto las ciencias como las artes son disciplinas improductivas, inútiles y desfasadas. Que si tienes dudas sobre como llevar con éxito un emprendimiento, te olvides de referentes de la cultura y recurras a los manuales de autoayuda de cualquier influencer que copa el escaparate de una librería en una gran superficie comercial. Sin embargo, he comprobado que en las bibliotecas o museos puedes hallar las respuestas a muchos de los comportamientos humanos que desees corregir para lograr alcanzar tus objetivos.

Al margen de este chascarrillo personal que comento para aprender a nutrirse de conocimientos, bien es sabido que a todos nos gusta pensar que tenemos el talento suficiente para tener un gran impacto en el mundo o que todos podemos emprender con éxito aquel proyecto que hemos visualizado durante largo tiempo. Aunque, también es cierto que no importa cuán inteligente, talentoso o capaz sea alguien, no siempre se obtiene esa gran oportunidad para emprender. Muchas personas lo atribuyen a la mala suerte, a no disponer de suficientes recursos económicos o a no estar en el lugar correcto en el momento correcto, pero ¿podría haber una razón científica detrás de esa falta de éxito cuando emprendemos? Por supuesto que existe y está escondida en el siglo XIX

Santiago Ramón y Cajal, el fundador de la neurociencia, intentó explorar los límites psicológicos que impedían que las personas con talento sobresalieran o destacaran en la vida. Sus estudios merecieron que por primera vez se aludiese a una “doctrina de la neurona”, y entre sus aportes tenemos algunas publicaciones sobre el comportamiento humano desde una perspectiva del estudio de la mente.

En 1897 publicó un libro que se puede extrapolar a nuestra época, donde nos muestra los vicios de la personalidad que se repiten (como patrones atemporales) en las personas talentosas que nunca emprenden ni llegan a aportar su valía al mundo exterior. En dicho libro detalló seis factores diferentes que limitan los talentos de un individuo, a los que llamó “enfermedades de la voluntad”.

En ese libro titulado Reglas y Consejos sobre la investigación biológica. Los Tónicos de la voluntad, desmenuza las actitudes que podrían estar aniquilando ahora mismo tu talento. A grandes rasgos, Ramón y Cajal apunta a que, si bien es necesario soñar, investigar, ahondar, imaginar, debes pasar del estado soñador al realista-soñador. O dicho en lenguaje coloquial, debes pasar al estado emprendedor. Para ello deberás evitar que estos 7 pecados capitales sean los protagonistas de tu actitud:

 

Contempladores

Muchas personas que no llegan a desarrollar su talento son contempladores profesionales. Que por un lado tiene su belleza, incluso su parte terapéutica, pero si se exceden en esa especie de meditación eterna, se terminará anquilosado y se perderán de las bondades de aportar su semilla. Son personas, que, literalmente, contemplan la hermosura de la naturaleza y la estudian; de las ideas y filosofan, de las creaciones y se recrean hasta la extenuación; aprecian en demasía, pero su estado suele quedarse sólo en esta parte. El consejo que nos ofrece Ramón y Cajal es aplicable a cualquier emprendimiento y te indica que debes tomar dirección, salir de lo puramente abstracto y enfocarte en tus objetivos.

Reconócese en los síntomas siguientes: amor a la contemplación de la Naturaleza, pero sólo en sus manifestaciones estéticas: los espectáculos sublimes, las bellas formas, los colores espléndidos y las estructuras elegantes (…) ¿A qué seguir? Todos nuestros lectores recordarán tipos y variedades interesantes de esta especie, tan simpática por su entusiasmo juvenil y verbo cálido y cautivador, como estéril para el progreso efectivo de la Ciencia.

 

Eruditos o bibliófilos

Son esas personas que dicen saberlo todo, son como una especie de wikipedia parlante que destilan cierta arrogancia. Predicadores en altares que nunca han dirigido una empresa pero que se pasan el día pontificando sobre cómo realizar las hazañas, de alguna manera se apropian de los negocios ajenos a través de la crítica. Está bien que un emprendedor se interese por numerosos temas, pero, también es necesario que se profundice con la práctica en algunos tópicos, comprobarás que la experiencia es un grado. Los eruditos empedernidos suelen desarrollar grandes discursos (y ego), pero sólo es eso, rozan el “cuñadismo” y nunca emprenden nada:

Discuten de todo –desparramando y abusando de su intelecto entusiasta. Este hombre indolente de la ciencia ignora un simple y muy humano hecho… Parecen sólo vagamente conscientes de que la erudición guarda poco valor cuando no refleja un avance en la preparación y los resultados de la persona (…)  Nadie ignora que vale quien sabe y actúa, y no quien sabe y se duerme (…) Los síntomas de esta dolencia son: tendencias enciclopedistas, dominio de muchos idiomas, algunos totalmente inútiles, abono exclusivo a revistas poco conocidas, acaparamiento de cuantos libros novísimos aparecen en el escaparate de los libreros, lectura asidua de lo que importa saber, pero sobre todo de lo que a pocos interesa, pereza invencible para escribir y desvío del seminario y del laboratorio.

 

Organófilos o Adictos a sus instrumentos

Los instrumentos (hoy los gadgets, las webs, las aplicaciones o las redes sociales, por ejemplo) pueden ser muy útiles, pero generar obsesión por las herramientas puede hacer que pierdas de vista tus objetivos; dominar tus instrumentos es importante, pero no debes olvidar que son sólo eso, un vehículo que te ayude a alcanzar tus objetivos. Cuidado con querer tener todo bajo control y como los chorros del oro, el exceso de perfeccionismo es un paralizador a la hora de emprender. Es saludable saber organizarse pero sin pretender acapararlo todo. Aprende a delegar en los demás, busca colaboradores o contrata aquel servicio que se te pueda estar escapando de las manos. Por ejemplo, puedes tener una web reluciente pero si detrás de ella nadie va a aplicar estrategias de comunicación para llegar a tus clientes, ni campañas de marketing para atraer al público, habrás perdido un tiempo productivo para tu emprendimiento.

¿Verdad que recuerdan a esas excelentes señoras las cuales adornan primorosamente la sala, ordenan escrupulosamente los muebles, barnizan diariamente el parquet y en evitación de manchas y desarreglos reciben a sus relaciones en el comedor? Claro es que de los organófilos empedernidos no puede sacarse partido. Padecen morbo casi incurable, sobre todo si va asociado, según ocurre con frecuencia, a cierto estado moral poco confesable: a la preocupación egoísta y antipática de impedir que otros trabajen, ya que ellos no saben o no quieren trabajar

 

Megalófilos

Es el perfecto ideólogo, heredero del cuento de “La lechera” que construye su fortuna a base de fábulas mentales. Tienen un ego enorme y creen que, dado su alto porcentaje de coeficiente intelectual, el éxito vendrá por sí solo. Sin embargo, tienen poca perseverancia por no decir ninguna. Podría decirse que son más soñadores que talentosos, incluso, aunque su talento podría ser mucho, al final sus ideas quedan diluidas en una nube.

A guisa de subvariedad de los megalófilos consideramos los proyectistas, que recuerdan a los antiguos arbitristas. Distínguense fácilmente por la ebullición y superabundancia de ideas y de planes de acción. Ante sus ojos optimistas, todo aparece de color de rosa. Por seguro tienen que, una vez secundadas, sus iniciativas abrirán amplios horizontes a la ciencia y rendirán frutos prácticos inestimables. Sólo hay que deplorar una pequeña contrariedad: ninguna empresa llega a plena sazón. Todas se malogran (…) ¡Y todo por no haberse plegado desde el principio, modesta y humildemente, a esta ley de Naturaleza, que es también táctica de buen sentido!: abordar primeramente los pequeños problemas para acometer después, si el éxito sonríe y las fuerzas crecen, las magnas hazañas de la investigación. Esta actitud prudente podrá no conducir siempre a la gloria, pero en todo caso nos granjeará la estima de los sabios y el respeto y consideración de nuestros conciudadanos.

 

Descentrados o Inadaptados sociales

Lo más probable es que en algún momento de la vida, todos nos hemos sentido un poco inadaptados o inadaptadas. Tal vez fuese en la escuela cuando simplemente no te unías a grupos de niños, o tal vez en ese trabajo mecánico donde tus habilidades creativas difícilmente prosperaban como hubieras deseado porque siempre estabas bajo el mando de un jefe mediocre e incompetente. Independientemente del medio ambiente, sentirse como un inadaptado puede ser perjudicial para las personas con talento, puesto que este estado anímico conduce a la complacencia y la pereza, lo que nunca les permitirá emprender e ir más allá de su situación actual (trabajos inadecuados para sus aptitudes naturales o desempleo por haber sufrido un despido improcedente). Sin embargo, Ramón y Cajal aporta una solución a estas personas sugiriendo que deben generar la determinación de alcanzar objetivos elevados, buscar una profesión que se adapte a sus talentos, porque cuando se decide emprender habrá que dedicar gran cantidad de energía y siempre será más fácil hacerlo cuando se siente la vocación.

Más que anormales —pensará alguno—, los descentrados son infortunados a quienes circunstancias adversas impusieron oficio contrario a sus inclinaciones. Sin embargo, bien consideradas las cosas, dichos fracasados entran también en la categoría de abúlicos, porque carecen de la energía necesaria para cambiar de camino, armonizando al fin la vocación con el empleo.

Los descentrados crónicos parécennos enfermos desahuciados. No así los jóvenes, a quienes sugestiones de familia o ironía del medio moral desviaron de su destino, obligándoles a trabajo de forzados. Flexibles todavía las coyunturas mentales, harán bien en cambiar de dirección en cuanto soplen vientos favorables. Aun aquellos que, amarrados a una ciencia extraña a sus aficiones, viven como desterrados de su patria ideal, podrían redimirse y trabajar con provecho si, levantando el ánimo al cumplimiento de sagrados deberes, procuraran buscar dentro de sus tareas oficiales algún dominio agradable donde laborar hondo y bien. ¿Qué ciencia carece de algún oasis deleitoso donde nuestra inteligencia encuentre útil empleo y plena satisfacción?

Teorizantes

A esta personalidad le encanta quedarse divagando entre las teorías, incluso muchas veces formulan teorías tan personales que no se ajustan a la realidad en la que viven, puesto que sus ideas no son para llevarlas a la práctica sino más bien para recrearse entre sus pensamientos. Son eternos estudiantes que se regodean en las ideas de filósofos gozando de examinar cada detalle de su teoría para que se ajuste a sus planteamientos. Muchas personas gustan de analizarlo todo, formular incesantes teorías, y ello podría ser útil, pero si ni siquiera se atreven a publicar un libro con sus teorías, mucho menos van a emprender con el afán de servir a los demás.

Hay cabezas cultísimas y superiormente dotadas cuya voluntad padece una forma especial de pereza tanto más grave cuanto que ni a ellos se lo parece ni por tal suele reputarse. He aquí sus síntomas culminantes: talento de exposición, imaginación creadora e inquieta, desvío del laboratorio y antipatía invencible hacia la ciencia concreta y los hechos menudos. Pretenden ver en grande y viven en las nubes. Prefieren el libro a la monografía y las hipótesis brillantes y audaces a las concepciones clásicas, pero sólidas

 

Quejicas

En realidad Ramón y Cajal no contempló esta séptima personalidad en su libro, sin embargo es un factor que en la actualidad goza de mucha popularidad. La gran mayoría de las personas que no emprenden se quedan ancladas en la eterna queja, son quejicas patológicos. Quizás mi atrevimiento para aseverar esta patología provenga de mi ignorancia en materia neuronal (siempre he sido más de letras) pero es un comportamiento que he observado en mi vida como emprendedora. A los quejicas nada de su entorno les convence, tienden a ser catastrofistas y se regodean en la crítica social de bar. No son capaces de poner nada en marcha porque sus hipótesis suelen fundamentarse en observar las amenazas en vez de las oportunidades. Su parasitismo no tiene límites y convive sin resquemor con las circunstancias. Estas personas se quejan por todo. Se quejan de sus jefes pero no se ponen por su cuenta, se quejan de su salario pero no cambian de trabajo, se quejan del último servicio recibido pero no emprenden otro que ofrezca mejores recursos.  Están estancados en la eterna queja; por el clima meteorológico, por la corrupción política, por la ropa tendida de la vecina, cualquier tema que elijas será oportuno para alimentar su patología. Y así se pueden tirar por secula seculorum, desperdiciando su valioso talento sin ponerlo al servicio de los demás. Para esta actitud nos remitimos a Liebig, químico citado por Ramón y Cajal en su libro

No hagas hipótesis. Ellas te acarrearán la enemiga de los sabios. Preocúpate de aportar hechos nuevos. Los hechos son los únicos méritos no regateados por nadie, hablan alto en nuestro favor, pueden ser comprobados por todos los hombres inteligentes, nos crean amigos e imponen la atención y el respeto de los adversarios.

Estos siete pecados capitales son los obstáculos que imponemos a nuestra mente para no alcanzar nuestros sueños, pero esta “enfermedad de la voluntad” tiene su cura, hacer examen de conciencia y actuar en coherencia con las respuestas dadas. Una vez traspasado y superados estos bloqueadores de la voluntad, llega la hora de emprender. Ponemos a tu alcance el modo de hacerlo con nuestro programa Emprende con la Gorra,  aprender y emprender irán de la mano para que logres poner en marcha tu emprendimiento